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El clásico de la ciencia ficción

Me suele pasar cuando me acerco a un clásico de la literatura que voy con expectativas muy altas pero a la vez con cautela. El tiempo es el mejor aliado: si una obra resiste los años es que es realmente buena. Pero si por lo que sea no lo hace, la decepción es mayor: sientes que has llegado tarde, que ésa gran obra ya no tendrá ése peso en ti como lo ha hecho en otras pasadas generaciones. No es cosa de lector, sino de la obra en sí misma. Pero, ¿qué sucede cuando un clásico no sólo está a la altura de lo que esperabas, sino que es aún mejor? Es lo que me ha pasado con Dune.

En el desértico planeta Arrakis, el agua es el bien más preciado y llorar a los muertos, el símbolo de máxima prodigalidad. Pero algo hace de Arrakis una pieza estratégica para los intereses del Emperador, las Grandes Casas y la Cofradía, los tres grandes poderes de la galaxia. Arrakis es el único origen conocido de la melange, preciosa especia y uno de los bienes más codiciados del universo.

Al duque Leto Atreides se le asigna el gobierno de este mundo inhóspito, habitado por los indómitos Fremen y monstruosos gusanos de arena de centenares de metros de longitud. Sin embargo, cuando la familia es traicionada, su hijo y heredero, Paul, emprenderá un viaje hacia un destino más grande del que jamás hubiese podido soñar.


La piedad es una quimera. Lo único que puede acabar con ella es el hambre que roe las entrañas, la sed que agrieta la garganta. Has de tener siempre hambre y sed.

Lo que más me sorprende de Dune es que tenga más de 40 años desde su publicación original en 1964 y tenga una prosa tan moderna y dinámica. Veo poca diferencia entre lo que puedo leer ahora en 2021 y lo que hace Frank Herbert en Dune. Aun más, siendo la ciencia ficción un género donde no se acostumbra a tener un estilo más literario, Herbert logra aunar una buena escritura con ideas cifi de altos vuelos.

Algunos pueden considerar su estilo algo pesado y recargado, pero este choque sólo sucede en los primeros capítulos y en lecturas mucho más obtusas nos hemos metido. Habrá ayudado a que sea más legible la nueva edición que ha publicado PRH, que pese a mantener la traducción original de Domingo Santos, ésta ha sido revisada por David Tejera, traductor de prácticamente la mitad de novelas de género que se publican en nuestro idioma. Puede que haya exagerado, pero la realidad es que si podemos leer tanto y tan bien, mucho se lo debemos a él y su profesionalidad.

Este es uno de los aspectos que más envejece en un libro, no se escribe ni se lee igual que lo hacían nuestros antepasados ya no hace cien años, sino veinte o treinta. Ya veremos dentro de unas décadas como se percibe en estilo de prosa tan de guion de televisión que ronda en la literatura desde hace unos años: pocos libros se salvarán de la quema, estoy seguro.

Al margen de su estilo moderno, en la obra de Herbert hay otro elemento perenne: su ciencia ficción. O fantaciencia, como lo queramos llamar. El planeta Arrakis es el verdadero protagonista de la novela, es lo que con diferencia me ha mantenido enganchado página tras página. Toda la lógica y el universo que hay detrás de lo que es Arrakis, como funciona a nivel de planeta y como sobreviven ahí los seres vivos que lo habitan es fantástico. No se puede hablar de Arrakis sin mencionar a los fremen, los otros protagonistas por derecho propio. Toda la ciencia de pura ecología de supervivencia es ficción, pero suena real y veraz. Es lo más difícil de la ciencia ficción: elaborar una teoría científica que suene convincente y coherente.

El resto de elementos que conforman Dune son más prosaicos y a mí entender algo menos desarrollados, que no pobres. Es difícil empatizar realmente con ningún personaje, incluido Paul Atreides. No tienen tanto espacio para desarrollarse porque Herbert no se centra en meros personajes, sino en mostrarte un puñetero planeta entero. Los Atreides suenan arrogantes, las Bene Gesserit frías y distantes y los Harkonnen villanos de opereta. El ejemplo más claro es el final de la novela, donde todo se precipita y te das cuenta que poco o nada en realidad sabes de los personajes que se ven implicados en el desenlace de la lucha por Arrakis. Se compensa con un punto importante: las claras inspiraciones árabes de la historia, que le otorga un punto de originalidad y misticismo muy en sintonía con el planeta.

Es el único punto flaco: toda la novela se desarrolla a buen ritmo, sin prisa pero tampoco sin pausa. Incluso se agradecen ciertos lapsos de tiempo para agilizar la narrativa (nos conocemos ya todos las fases del camino del héroe). Pero sí es cierto que si Dune hubiera sido concebida unas décadas más tarde, esto sería una trilogía como estamos acostumbrados ya los lectores y que encima le habría venido bien: así veríamos un buen desarrollo de sus personajes y de lo que hay más allá de Arrakis, y no meras pinceladas de lo que se atisba como un mundo de ficción enorme.

—El crecimiento está limitado por la necesidad del elemento que se encuentra presente en menor cantidad. Y, naturalmente, la condición menos favorable es la que controla la tasa de crecimiento.

Igual este era el propósito de Herbert: hablar de una planeta remoto, peligroso y valioso como es Arrakis. Y el resto, meterlo un poco como añadido, porque se necesitan héroes y villanos para que una historia sea atractiva. Parece que le esté dando mucha caña a los personajes de la novela por ser su punto más flojo, pese a que disfruto muchísimo con la historia de venganza de los Atreides y ése tono de tragedia griega ineludible que rodea a todos sus protagonistas.


Dune ha superado todas mis expectativas y estoy encantado que haya sido así. Décadas después de su publicación original me sorprende que haya aguantado tanto el paso del tiempo. Arrakis es un planeta tan seductor y peligroso que es imposible no maravillarse a lo que Herbert ideó. Y no nos vamos a engañar, siempre entra una buena historia de traiciones y venganzas aunque sean sus personajes lo que más flojea de la novela. Una obra atemporal que se ha ganado el estatus de clásico sin duda alguna. Que la especia siga fluyendo.

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Frank Herbert traducción de Domingo Santos revisada por David Tejera | DeBolsillo, Nova CiFi | 2020 (original 1964) | 784 págs.