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Premio Pulitzer 2017, el National Book Award, una serie en ciernes para Prime Video. El ferrocarril subterráneo viene predecida por un éxito bastante arrollador, pero me pasa cuando un libro viene así de apadrinado me suele decepcionar, como me pasó con Pequeños fuegos por todas partes. Veremos si sucede lo mismo aquí.

Cora es una joven esclava de una plantación de algodón en Georgia. Abandonada por su madre, vive sometida a la crueldad de sus amos. Cuando César, un joven de Virginia, le habla del ferrocarril subterráneo, ambos deciden iniciar una arriesgada huida hacia el Norte para conseguir la libertad.


Cuando la sangre negra daba dinero, el empresario espabilado sabía abrir la vena.

Aviso para lectores: es dura la lectura de El ferrocarril subterráneo. Su recreación de la época del esclavismo en Estados Unidos es difícil de digerir. A pesar de tener capítulos protagonizados por varios personajes, la protagonista de la novela es Cora, una joven esclava obligada a trabajar en una plantación de algodón. Es a través de sus ojos con los que veremos las atrocidades permitidas en ésa época y lo que verdaderamente supone ser esclavo: no es sólo el dolor físico es la anulación total de la mente y el espíritu.

El título hace mención a una iniciativa real que tuvo lugar en el siglo XIX, en la que antiesclavistas crearon una red de voluntarios llamada el ferrocarril subterráneo en la que se ayudaba a fugados de plantaciones a lograr salir adelante en la vida. Una suerte de iniciativa clandestina comunitaria alrededor de todo el país como la de Schindler en la Alemania nazi.

Colson Whitehead convierte en ficción ésta red de trenes haciéndola real, en una suerte de red de túneles secretos que atraviesan todo el país. Al final no deja de ser un instrumento metafórico pero con base auténtica que el autor utiliza para narrarnos cómo Cora descubre la vida más allá de su plantación de origen.

El relato no se suaviza en ningún momento. Somos testigos que esto no va de el hombre negro contra el blanco, si no de negros contra negros: la supervivencia lo era todo, y si había que traicionar a uno de los tuyos para poder comer ése día, se hacía. Pero la dura vida de la plantación no es nada con lo que viene después, en la que Cora se mete en un road trip con el que se desgrana cómo gestiona la incipiente sociedad norteamericana la sobrepoblación de africanos residentes en su país, que ellos mismos secuestraron con los barcos negreros, y cómo resolverlo éticamente.

El libro no se regodea en el dolor y las torturas pero tampoco se ocultan: están ahí, forman parte de la historia de Estados Unidos y cómo tal se relatan. No es una novela histórica al uso aunque sí funciona como tal durante toda la narración: es una recreación de cómo vivía un esclavo en el loco mundo en que nació.

No se pueden establecer paralelismos claros con la época que refleja el libro con la actual, pese a que el racismo sigue y seguirá siendo una constante en la sociedad, pero sí ayuda a entender de dónde viene. Cuáles son sus raíces y por qué se tiene esta herencia manchada de sangre y odio.

La esclavitud es pecado cuando unce el yugo al blanco, pero no cuando somete al africano. Todos los hombres son creados iguales, a menos que decidamos que no eres un hombre.


El ferrocarril subterráneo es una novela dura y áspera. No hay otra forma de reflejar la vida de un esclavo en el Estados Unidos del siglo XIX: tiene que ser desagradable leerlo porque así era la vida entonces. Como sucede en novelas como KL Reich. No es apta para todos los estómagos ni estados de ánimos. Diría que tiene un poso de esperanza pero me cuesta verlo: todas las reflexiones vertidas en el libro vienen de la mente de una persona que ha nacido y crecido con la libertad privada. Que no conoce otra cosa y así ve el mundo. Posiblemente ésa sea la única conclusión posible: jamás como sociedad debemos volver a parecernos a como se vivían entonces.

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Colson Whitehead | traducción de Cruz Rodríguez | Literatura Random House | 2017 | 320 págs.