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Un clásico del terror

Llevada al cine en varias ocasiones y tomada de referencia en muchas otras, La maldición de Hill House es un clásico del terror. Escrita en los años 50 por Shirley Jackson, esta historia de locura y casas encantadas tiene una nueva juventud gracias a la miniserie de Netflix. No puedo compararla con esta adaptación audiovisual porque no la he visto, pero la reedición de la novela por parte de editorial minúscula sí me ha dado la oportunidad de oro para recuperarla.

Cuatro personajes llegan a un viejo y laberíntico caserón conocido como Hill House. Son el doctor Montague, un estudioso de lo oculto que busca pruebas de fenómenos psíquicos en casas encantadas, y tres personas a quienes el doctor ha reclutado para llevar a cabo un experimento. A pesar de las reticencias de su familia, Eleanor, una joven algo atormentada y de pasado infeliz, acabará formando parte de la singular comitiva. Los otros son Theodora, con quien Eleanor establece un fuerte vínculo inicial, y Luke, el heredero de la casa. Pronto todos deberán enfrentarse a situaciones que están más allá de su comprensión. Hill House parece estar preparándose para escoger a uno de ellos y hacerlo suyo para siempre.


Por lo general cuando me acerco a un libro considerado ya un clásico no solo me suelen gustar, sino que superan mis expectativas con creces. Me fascina cada vez que me sucede y dice mucho (para bien) del libro en cuestión. Con La maldición de Hill House no me ha pasado esto e inevitablemente pienso: ¿soy yo que no lo he sabido valorar? ¿Igual merece una relectura por si me he perdido algo? Es un sentimiento de culpa que no me surge con novedades. Si un libro me decepciona lo suelo atribuir al hype en redes sociales y al buen marketing de las editoriales; digo buen porque es su finalidad última: vendernos el libro. Cuando este pasa con un libro publicado décadas atrás no existe esta ola de de empuje comercial, sino puramente las opiniones de años y años de lectoras que van moldeando el valor y calidad del libro.

Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo durante mucho tiempo en unas condiciones de realidad absoluta

Con Hill House lo que me ha pasado es la sensación que se le ha pasado el tiempo. Un poco lo mismo que muchos relatos de Poe: lo que se consideraba terrorífico entonces ya no lo es ahora, aunque permanece el estilo literario y la atmósfera. Yo no tengo los mismos terrores que tenían mis abuelos. No nos asusta lo mismo, pese a que parte del terror surge de miedos primigenios, cosas tan básicas y ancestrales como qué esconde la oscuridad.

Jackson logra crear una atmósfera malsana y viciada en Hill House. Un espacio bizarro e indescriptible que va matando poco a poco a sus habitantes. Esto lo recrea bien pero es cuando nos metemos en los personajes donde a mi me naufraga la historia. No me interesa ninguno, no me resultan verosímiles sus historias personales; tampoco su evolución, siquiera Eleanor, la protagonista y eje central de toda la novela. Son personajes que percibo prácticamente caricaturescos. Eso es fatal si tengo que sentirme implicado en su descenso a los infiernos que es vivir unos días en la casa encantada de Hill House. Simplemente no me interesan y sin esto, poco más me ofrece la novela.


La maldición de Hill House me ha decepcionado. Pese a la buena atmósfera malsana que teje Jackson, se me quedan unos personajes poco verosímiles y una historia de locura que a día de hoy, ya me han contado mil veces de todas las formas posibles. Me ha resultado una lectura tediosa que como relato me habría funcionado mejor. Tengo curiosidad por leer más obras de la autora, porque sospecho que igual Hill House es de las que peor ha envejecido.

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Shirley Jackson, traducción de Carles Andreu | editorial minúscula | 2019 (edición original 1959) | 256 págs.