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Lucha de clases

Pequeños fuegos por todas partes llegó a mi radar debido a tremebundo ruido que ocasionó en su día. Copó el número uno de los más vendidos en el New York Times, y todo libro que consigue ése hito, acaba teniendo un eco mundial. No sólo eso, sino que ya ha tenido una adaptación a miniserie de televisión disponible en Prime Video. Todo esto la convierte en ‘la novela que hay que leer’. Cuando esto sucede hay que ir con pies de plomo, no sea que las expectativas nos arrastren.

En Shaker Heights, una tranquila y próspera zona residencial de Cleveland, todo está planeado, desde el trazado de las carreteras hasta los colores de las casas, incluso el triunfal futuro de sus vecinos. Nadie encarna mejor este espíritu que Elena Richardson, cuya vida se rige por un principio fundamental: jugar siempre dentro de las reglas sociales. La historia comienza cuando Mia Warren, artista enigmática y madre soltera, llega a esta idílica burbuja con Pearl, su hija adolescente. Mia lleva consigo un pasado misterioso y un desprecio por las reglas que acabarán amenazando esta comunidad tan cuidadosamente ordenada.


Siempre había sabido lo peligrosa que es la pasión, como el fuego, la asombrosa facilidad con que se propaga, subiendo veloz por los muros y las zanjas. La chispa salta como una pulga, y luego las llamas pueden recorrer kilómetros y kilómetros impulsadas por la brisa. Así que más vale vigilar la chispa, pasándola con cuidado de una generación a otra como una antorcha olímpica.

Pequeños fuegos por todas partes nos muestra una confrontación de clases bastante típica: dos familias completamente diferentes pero que convergen en un punto concreto. Ésa unión cambia a ambas y provoca un conflictos de difícil solución.

Por un lado Mia, artista sin domicilio fijo que lleva una vida humilde junto a su hija Pearl. Y por otro su casera, Elena, mujer acomodada, conservadora y familiar. La dicotomía entre ambas es poco sutil: la persona libre, sin ataduras, que lleva la vida que quiere aunque suponga vivir al día; y la persona que sacrificó sus sueños a cambios de la vida que le dijeron que tenía que llevar. Este choque de estilos de vida es que el provoca los incendios literales que suceden en la novela. No es spoiler porque el libro directamente abre con esto: un incendio en una casa para después contarnos cómo hemos llegado a esta situación.

Al margen de las mujeres protagonistas están las hijas, las que provocan el cambio. Es la relación de amistad entre los hijos de ambas familias y los cambios que se suceden los causantes del choque final. Celeste Ng impregna la novela de sus propias vivencias: ella creció en Shaker Heights, el barrio residencial en el que ocurre la novela. El típico barrio de clase alta, cerrado, hipócrita y conservador cuyo objetivo es mantener la pureza de ésa microburbuja que es.

Al final de lo que va la novela es del choque de clases, de la hipocresía latente de la sociedad norteamericana. Mia representa el ideal pero Elena lo que en realidad es Estados Unidos. Posiblemente la trama más impactante es la de la adopción de una niña de origen asiático, un ejemplo directo de la intolerancia y apropiación del estilo de vida norteamericano frente al resto. Es de suponer que la autora, de origen chino, haya plasmado parte de sus vivencias ahí también.


Pequeños fuegos por todas partes es una novela interesante pero nada de lo que cuenta ni cómo lo cuenta suena a nuevo. Este análisis metafórico de Estados Unidos mediante la vida en un pequeño barrio residencial es acertado pero de brocha gorda y al final superficial. El éxito es comprensible, tiene un mensaje potente y es fácil de leer, pero es de ésa historias que se olvidarán con el tiempo. Está a años luz de las grandes novelas americanas que sí han logrado desnudar a la sociedad estadounidense y siguen perdurando.

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Celeste Ng | traducción de Pablo Sauras | Alba Editorial | 2017 | 392 págs.